Publicado en Huaraz, noviembre de 2010
Cuando la vocación por el servicio nace del corazón, no necesita estructuras ni aplausos. Así lo demuestran dos jóvenes universitarios que, desde el año 2009, han venido marcando una silenciosa pero profunda huella en sectores vulnerables de la ciudad de Huaraz: Jherson Gregory Ramírez Rondán (19 años) y su amigo cercano y compañero incansable en cada jornada solidaria, Jaime Alva Aguilar (25 años).
Ambos se conocieron en la universidad, donde pronto descubrieron que compartían una visión común: actuar frente a la necesidad, sin excusas ni pretextos. Lo que empezó como una conversación entre compañeros, se transformó rápidamente en una serie de acciones concretas al servicio de personas que lo necesitaban.
“No podíamos mirar a otro lado mientras tantos pasaban frío, hambre o simplemente estaban solos. Era cuestión de decidir: o sigues con tu vida como si nada, o haces algo”, afirma Jherson con convicción.
Así fue como organizaron campañas de recolección de víveres, ropa, útiles escolares y juguetes, las cuales eran entregadas directamente en zonas necesitadas de Huaraz. Pero más allá de la ayuda material, lo que realmente los distinguía era su cercanía humana, su capacidad de llegar con respeto, empatía y presencia real.
Una de sus experiencias más significativas fue su trabajo constante en el Asilo de Ancianos de Huaraz. Allí, Jherson siempre acompañado por Jaime no solo entregaba alimentos o abrigo, sino algo mucho más valioso: tiempo, escucha y cariño.
“Recuerdo que una señora me dijo ‘hace tiempo nadie me mira a los ojos con cariño’. Eso me marcó. A veces lo que más hace falta no es una frazada… es alguien que te recuerde que aún importas”, comenta Jherson.
El trabajo con los adultos mayores no fue esporádico. Durante meses, ambos jóvenes mantuvieron visitas recurrentes al asilo, organizando pequeñas dinámicas, meriendas, actividades recreativas y, sobre todo, acompañamiento emocional. Jaime, como amigo y cómplice en la misión, se mantuvo a su lado en cada actividad, ayudando a cargar, organizar y sostener la visión con firmeza.
“Jaime fue ese amigo que nunca dudó en estar ahí. Siempre dispuesto, siempre atento, siempre con el mismo espíritu que compartíamos: hacer el bien sin mirar a quién”, recuerda Jherson con gratitud.
Uno de los hitos de su labor fue la chocolatada navideña de 2009, gestionada enteramente por ellos. Más de 80 niños recibieron regalos, panetones y una tarde que, para muchos, fue la única celebración que tuvieron. Lo lograron tocando puertas, movilizando donaciones y dando todo lo que estaba a su alcance y más allá de él.
La dupla Jherson y Jaime logró lo que muchas veces no se ve en jóvenes: compromiso sostenido, trabajo desinteresado y una ética de servicio profundamente humana. Jherson fue el motor impulsor, el que organizaba, lideraba, proyectaba; Jaime fue el brazo constante, el respaldo incondicional y el amigo que transformó la intención en equipo.
“La solidaridad no es algo que se enseña, es algo que se siente. Y cuando la sientes, no puedes quedarte quieto”, concluye Jherson con la mirada firme.
A finales de 2010, mientras muchos jóvenes están enfocados en sus rutinas académicas o planes personales, Jherson Ramírez y Jaime Alva Aguilar han decidido dedicar tiempo, esfuerzo y corazón a quienes más lo necesitan. No buscan reconocimiento. Lo hacen porque creen de verdad que la vida tiene más sentido cuando se comparte con los demás.
Y aunque su historia no salga en los grandes medios, en las calles de Huaraz, en el asilo, en los hogares visitados, y en los niños que los recuerdan con una sonrisa, su paso ya dejó huella. Una huella firme, silenciosa, y profundamente humana.
